HEREDITARY ****


El miedo tiene muchas caras

En segundo plano, a la sombra del éxito comercial de Blumhouse, los filmes de género de la productora/distribuidora A24 van ganando cada vez más prestigio en festivales y taquillas de todo el mundo. Under the skin (2013), The VVitch (La bruja, 2015), Viene de noche (2017) y El sacrificio de un ciervo sagrado (2017) podrían ser los mejores ejemplos de esta apuesta por el terror como medio y no como fin, por el poder de las imágenes y los ambientes opresivos por encima de los sustos efectistas. En esta línea llega Hereditary (Ari Aster), la más terrorífica de todas ellas, tras triunfar en Sundance y acaparar críticas alabatorias por todo el planeta.

Dice su director que el primer montaje era de 3 horas y contenía más drama que terror. Y se nota. Hereditary termina siendo un carrusel terrorífico sin respiro, saturando de imágenes macabras el subconsciente para que vuelvan a acecharte en mitad de la noche, cuando parezca que todo ha pasado. Pero hasta entonces, el drama es el denominador común. El dolor, la pérdida, el rechazo… al fin y al cabo, miedos, que aumentan la sensación de estar pasándolo realmente mal delante de la pantalla de cine. Se puede acusar al guion de ser algo rebuscado o incluso de no tener sentido (no lo comparto), pero nunca de ser previsible. En ningún momento sabes cuál va a ser el siguiente paso. Aster juega con las imágenes y los tiempos para desconcertar y sorprender. El mejor ejemplo sería la escena del accidente de tráfico: en los primeros instantes no vemos el cadáver ni los efectos del golpe, tan solo la reacción del personaje superviviente. Esto continúa así hasta que el personaje llega a casa, todavía en shock, y se acuesta. Es entonces cuando, de repente, se nos muestra la cabeza cercenada y putrefacta con todo lujo de detalles. Sin avisos, sin estruendos. Tal y como nos llegará luego a nosotros cuando terminemos de ver la película.

La maternidad es uno de los temas principales (y las madres no suelen salir muy bien paradas en el cine de terror), y hace que muchos estén comparando a Hereditary con Babadook (Jennifer Kent, 2014). Son muchas las similitudes: las grandes interpretaciones de madre e hijo, la ambigüedad psicológica que nos hace replantearnos si lo que vemos es real o fruto de su imaginación, los lazos de confianza, o el dolor siempre presente. Pero visualmente, y conceptualmente, son la noche y el día. En ese sentido tiene más razón de ser compararla con The VVitch (Robert Eggers, 2015), The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012) o  The devil’s candy (Sean Byrne, 2015), donde el mal es un personaje más, quizá el protagonista real de la película.

Puede que la campaña de marketing esté jugando en contra. Cosecha buenos números el primer fin de semana pero se va desinflando ante el boca a boca de quienes iban buscando una película del estilo del “universo Warren” de Warner o las cintas de Blumhouse. Un terror más comercial, con sustos y saltos de sonido por encima de todo. Hereditary no es eso. Pero acojona el doble.


 

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