BLADE RUNNER 2049 **

Tan aburrida como la original

La Llegada nos entusiasmó porque, con un contexto más o menos similar a Interestelar, Denis Villeneuve había logrado no ser tan plasta como Christopher Nolan. Y lo hizo tirando de estética (fotografía, iluminación, diseño de decorados) pero también de un trasfondo (el lenguaje, la comunicación) que huía del sentimentalismo superficial y la sobreexplicación de Nolan. Con Blade Runner 2049 Villeneuve vuelve a tirar de estética, pero se olvida de contar algo y cae en los brazos de una nostalgia innecesaria y que termina por lastrar, junto con la excesiva duración, a la película. Blade Runner 2049 está más cerca de la grandilocuencia insulsa de Nolan que de la marca personal de Villeneuve. Quizá la envergadura del proyecto y tener a un productor tan involucrado como Ridley Scott haya jugado en contra de director y filme.

Treinta años después de los eventos del primer film, un nuevo blade runner, K (Ryan Gosling) descubre un secreto largamente oculto que podría acabar con el caos que impera en la sociedad. El descubrimiento de K le lleva a iniciar la búsqueda de Rick Deckard (Harrison Ford), un blade runner al que se le perdió la pista hace 30 años. Un argumento que podría parecer el de una nueva entrega de Star Wars, y curiosamente Harrison Ford hace el mismo papel que en la saga galáctica: el de vieja gloria que solo aparece para levantar los aplausos del fan. La diferencia con Star Wars es que ni siquiera hay acción, diversión, entretenimiento. En Blade Runner (1982) se respiraba un ambientillo neo-noir, detectivesco, que podría servir como justificante. En la nueva entrega no. Tan solo un montón de planos estéticamente perfectos, pero vacíos. Y casi tres horas en este plan se hacen insoportables.

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